Tenía grandes planes para todo lo que iba a hacer una vez que pudiera acceder de nuevo a una conexión de internet decente.

Videos en vivo.

Por fin empezar a tomarme en serio el canal de Youtube.

Talleres online.

Publicar de forma consistente en Instagram.

Poner a toda máquina mi sistema para conseguir clientes freelance.

Terminar la nueva web de mi negocio (el otro, no Wanderlancers).

Y ni me acuerdo cuantas cosas más.

Pero pasó todo lo contrario. En evidencia porque no hicimos siquiera un taller online, y no publicamos nada nuevo en Instagram desde Abril.

En algún momento, entre volver a Buenos Aires y salir de la cuarentena en el hotel, mis ganas y mi productividad desaparecieron.

Por supuesto, esto no es algo que me pasa a mi solamente.

Todo el mundo tiene épocas de mayor productividad, y otras donde no te movés aunque sepas que tenés la obligación y la responsabilidad de pagar cuentas a fin de mes.

El problema es que la motivación no es racional.

Podés entender que tenés que ponerte a trabajar, pero eso no implica que las ganas aparezcan.

Entonces, ¿cómo se puede solucionar?

¿Qué hacer cuando no hay motivación?

Cuando me enfrento a un problema que no se resolver, mi reacción automática es Google.

Si buscás cómo “motivarte”, vas a encontrar cientos de miles de artículos, videos, y hasta cursos que hablan de la productividad, tácticas, y fórmulas infalibles que garantizan que al final del día vas a hacer más cosas que Gary Vaynerchuck.

Por supuesto, el consejo que más se repite es: “simplemente hacelo”.

A lo Nike.

El problema de este consejo (que ojo, no esta mal ni mucho menos) es que si es como si te dijeran “bueno, ganá plata” cuando no tenés.

Deja de lado algo que yo considero muy importante a la hora de querer prender los motores de nuevo: entender de dónde nace esa desmotivación.

Si no entendés de dónde viene la cosa, es probable de vuelvas a repetir el ciclo en muy poco tiempo.

Pasar de estar a 100 a 0 cada varias semanas no le hace bien a nadie.

Lo difícil es que, como decía más arriba, la motivación (o falta de) no es racional. Por lo tanto, sus razones tampoco lo son.

Encontrar el inicio del problema puede ser complicado.

Mi “fórmula” para encontrar la raíz es muy simple. No te voy a dar garantías de que va a funcionar en tu caso porque el proceso es algo personal, pero siempre para dar el primer paso me hago una sola pregunta:

“¿Por qué me siento así?”

La respuesta es abierta. Puede ser cualquier cosa.

Porque siento que trabajo para nada.

Porque me comparo con otros y veo que no doy.

Porque no me gusta lo que veo en el espejo.

Porque pensé que a estas alturas de mi vida iba a estar en otro lado.

Porque tengo problemas con mi pareja.

Porque el vecino riega las plantas.

Lo que sea. No es racional, pero sí tiene que ser una respuesta sincera. Sincera con vos mismo/a, porque no hay lugar para juicios cuando te preguntás algo así.

El círculo de la desmotivación

No tener ganas de hacer nada no es el mayor problema.

A lo que hay que tenerle miedo son a las consecuencias.

El tiempo no para, y las responsabilidades no desaparecen porque no tengas ganas de abrir Photoshop y ponerte a trabajar.

La lista de tareas siempre se alarga y si no te ponés en acción, llega un punto donde todo lo que hay que hacer se convierte en algo abrumador… y menos ganas te da de ser productivo/a.

Simplemente no sabés por dónde arrancar, y se convierte en un círculo vicioso muy difícil de romper.

Al menos, así me pasa a mí.

Si ya entendés la razón de porqué no tenés energías (y, en lo posible, hacés algo al respecto), el siguiente paso es romper con el círculo de la desmotivación.

El problema en esta etapa es que seguramente, dentro de tu lista de tareas, hay cosas que no querés hacer pero que son prioritarias.

Y si ya de por sí es difícil hacer cosas que sí te entusiasman, imagínate si además querés activar con obligaciones que no te inspiran.

Se hace necesario cambiar la perspectiva. En vez de pensar en qué cosas tenés que hacer, la pregunta es qué cosas te gustaría hacer (y que sean posibles) porque el propósito no debería ser sólo cumplir con tus responsabilidades, sino simplemente volver a poner la máquina en marcha de nuevo.

Para esto yo hago un pequeño ejercicio que me ayuda a simplificar el elegir qué “atacar” primero.

  1. ¡Lista! Hacé un listado de todo -todo- lo que tengas y quieras hacer.
  2. En la columna siguiente, poné puntaje del 1 al 10 por cada ítem donde 1 es lo que menos tenes ganas, y 10 lo que más te entusiasma.
  3. Y al lado de esa columna, agregá otra más dedicada a la capacidad de hacer esa tarea en este momento, donde 1 es imposible, y 10 es totalmente posible.
  4. Sumá los dos puntajes, y seleccioná la tarea con mayor resultado para encarar primero.

Por ejemplo:

  • Hacer packaging para cliente nuevo. Ganas: 7. Capacidad: 10. Total: 17.
  • Grabar un nuevo episodio del podcast. Ganas: 9. Capacidad: 9. Total: 18
  • Hacer un video para Youtube: Ganas 8. Capacidad: 7. Total 15

En este caso, lo primero que voy a hacer es dedicarme al trabajo con el cliente.

Por supuesto que esto no es a prueba de balas. El propósito del ejercicio es simplificar la decisión de qué hacer para enfocar todas tus energías en la acción, y de esa manera empezar a romper con el círculo de inactividad que causa la desmotivación.

¿Hay otras tácticas? Por supuesto que sí.

Todo vale siempre y cuando te funcione.

¿Cómo hacés para motivarte cuando no tenés ganas de nada?

Contame en los comentarios.

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