Odio los coworkings

Pero antes de que vos, freelancer y/o nómada digital, me saltes a la garganta (¿¿cómo se me ocurre??), dejame que te explique por qué odio los coworkings.
Para mí, una de las cosas más maravillosas de trabajar de forma independiente no es que podés elegir tus clientes, ganar más dinero, o trabajar con el negocio en la mochila.

Es el hecho de que me puedo levantar, hacer mi desayuno, tomarlo tranquila, y empezar a trabajar sin ni siquiera pasarme un peine por la cabeza.
Considerando que tengo una cabellera digamos un poco… salvaje, el no tener que estar “presentable” para poder trabajar no es menor.
Es por eso que no puedo entender aquellas personas que, a pesar de no tener que cumplir un horario de oficina, igual gastan tiempo y dinero en salir de su casa para ir a ¡otra oficina!

De más está decir que esta opinión es personal y si a vos te gusta hacer esto, está perfecto.
Pero porque me gusta ser sincera con vos, voy a compartir otra verdad: llega un punto en que salir de la casa también está bueno.

“Ay, Sol, no seas tan contradictoria”.

Shh, escuchame. O leéme, mejor dicho.

Está todo bárbaro con trabajar desde la casa, pero si no tenés cuidado también se convierte en más oficina que tu hogar.
Fue por eso que hace algunos años me propuse darle otra oportunidad a los coworking. No para ir todos los días, pero para al menos cambiar de aire. Y de ropa.
En ese momento vivía en Buenos Aires, Argentina, y el boom de coworking todavía no estaba a pleno.
Habían algunas cadenas grandes -que conocía mayormente por ir a Meetups- y pequeños emprendimientos que empezaban a asomar.

Todo bárbaro excepto por un pequeño problema: no podías ir de vez en cuando. Tenías que sí o sí comprar una membresía mensual para usar las instalaciones. Si tenías suerte encontrabas uno que te daba un día “de prueba”, pero después de eso no podías ir a no ser que te comprometieras.
Y eso, francamente, me molestaba muchísimo.
Cuando les preguntaba porqué no tenían otra opción, siempre me venían con que ellos querían fomentar una comunidad de gente que se viera todos los días, y que crearan proyectos juntos, y que se yo que más.
O sea, querían una oficina tradicional. Con la diferencia de que los empleados pagaran por estar ahí.
Y yo quería un lugar al que ir cuando quisiera cambiar de ambiente. Sin presiones ni compromisos.

No me vengan con que podía ir a un café, que todos los que algunas vez trabajamos desde uno sabemos que las mesas tienden a ser chiquitas, y tenés la presión de comprar todo. Al fin y al cabo, no podés tirar con sólo un cafecito si querés estar 8 horas ocupando un lugar. Y ni hablar de la conexión a internet…
Pero me estoy yendo del tema.

Mientras viajábamos, la verdad que no buscamos muchos coworkings. Como elegíamos los departamentos especialmente para trabajar y salíamos a recorrer algo nuevo casi a diario, la necesidad de cambiar las 4 paredes era casi inexistente.
Hasta que volvimos a Buenos Aires.
Después de 2 años, el paisaje de los coworking había cambiado completamente. Ahora levantás una piedra y tenés un coworking.
¿Pero sabés que no tenés? ¡Coworkings que te dejen ir por el día!
O bueno, voy a ser justa. Sí los hay -la minoría- pero cobran precios exorbitantes. Y me quedan lejos (aunque eso es otro tema).
En eso, me contactan de una app que hace poco que había llegado a Argentina: Croissant.
(Y ahora parece que me pongo en modo ad, pero no te hablaría de esto sin no pensara que esta bueno).
Croissant es una app que te permite comprar una cantidad de horas de coworking por mes, y canjearlas en alguno de los tantos coworkings dentro de su red.
Que no son pocos. Y están por todo Buenos Aires (*cough* espero que pronto incorporen coworkings en otras provincias *cough*).

Funciona más o menos así.

Te hacés una cuenta en la app, y comprás horas eligiendo una de las membresías. Buscás cuáles coworkings tienen un asiento libre para vos, lo reservás, y cuando llegás al lugar simplemente hacés un “check in” y se te empiezan a descontar las horas que compraste hasta que te vas.

Es bastante simple.

Y si te sobran horas, se te pasan al mes siguiente.
De esta forma no tenés que comprometerte con un sólo coworking (junto a Cami hacemos rotación por los que más nos gustan), y no tenés la obligación de ir sí o sí a un lugar simplemente porque estás pagando.
A ver, ir a coworkings tienen otras ventajas. Podés sociabilizar, te enterás de talleres, etc. Yo te cuento la que, para mí, es la más importante: ponerme pantalones de vez en cuando.
Además, Croissant es mundial. Con tu misma cuenta podés acceder a coworking en todo el mundo. Todavía no probamos esto, pero estamos esperando para el próximo viaje 😉

Así que sí. Todavía no soy del todo amiga del modelo de negocios de la mayoría de los coworkings, pero creo que esta app es un buen compromiso.
Si querés probarla, tenés una semana gratis haciendo click acá.
Y de bonus (porque en serio esta buena), $500 de descuento en tu primer mes.
Y decime: ¿preferís coworkings o trabajar desde tu casa?

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